Cap. 1 El Secuestro
Deben ser un poco más de las seis, por la falta de luz. Él debe estar
por llegar. Después de un tiempo, el que sea que llevo aquí siendo Rebecca, esto
se ha convertido en algo extraño. Tengo ganas de verle entrar, no sé si por el
tiempo sola o porque muero de hambre y sé que él llegará con algo de comer; él
siempre lo hace. A veces, cuando está de buen humor, come conmigo, me cuenta
algunas historias de su vida, no sé si me cuenta sus verdaderas historias o las
inventa, y si estoy de suerte, ese día solo me acaricia hasta que me quedo
dormida. Muchas veces, en su regazo, él entra interrumpiendo mis pensamientos.
Me voy a un rincón, me acurruco y lo miro dócilmente, intentando medir su
humor. Hoy no es uno de sus días buenos, me deja una caja encima de una mesa de madera,
camina hasta la puerta y antes de cerrar me ordena, con ese tono de voz que me
hace estremecer, que coma. Yo aguanto la respiración, y él ya no me dirige más la
mirada y solo cierra la puerta.
No me muevo aún, hasta que escucho el familiar sonido de los seguros por
fuera. Entonces retomo la respiración, me levanto suavemente con temor que
vuelva. Pero al cabo de unos segundos no aguanto más y corro silenciosamente, pero con desespero,
hasta la caja. Tiene papas fritas y pollo. Comienzo a salivar, recojo la caja y
me la llevo a un rincón del suelo. A pesar de tener una vieja mesa de madera y
una silla que pareciera tener el mismo tiempo, siempre prefiero la esquina en
el suelo. Es lo único que me hace sentir segura.
Comienzo a comer con las manos. Como si solo hubiera nacido para comer o
fuera lo único que sé hacer en la vida. Cuando terminé de comer, volví a poner la
caja, ahora solo con el cadáver del pollo, en la mesa y volví a mi rincón.
No había nada que hacer en el cuarto donde me encontraba encerrada. Yo,
la vieja mesa, la destartalada silla, un colchón con más esprines que relleno y
un viejo espejo, donde solía pasar el tiempo viendo como me deterioraba. A
veces imaginaba que el reflejo era una amiga y conversaba con ella. Entonces,
un día, él me trajo un libro y ese libro se convirtió en mi mejor amigo, lo he leído
tantas veces, que su historia está grabada en mi memoria e imagino que es mi
historia. Porque la historia de un cachorro que se hace viejo e inútil para sus
dueños, es mejor que mi historia.
Mi historia… Antes me llamaba Rebecca Martínez, vivía sola con mi madre,
pues mi padre se había marchado de la casa cuando tenía seis años. Mi padre no
solo abandonó a mi madre, también me abandonó a mí; hasta aquel día en el que él
me llevo, a los 14 años, ahora me pregunto si habrán rehecho sus vidas, supongo
que sí, que cada uno siguió su camino y se olvidaron de mí. No sería la primera
vez que eso sucede. Al menos, en el caso de mi padre, solía dejarme esperando
por sus visitas, salidas, etc.
El día que él me llevo, esperaba por mi padre, estaba por cumplir los 15
años y se suponía que mi padre me llevaría a ver el local para la fiesta, pero
nunca llegó. Debí imaginarme que no lo haría, escuchar a mi madre e ir con
ella. Pero siempre buscaba la atención de mi padre. Así que, en contra de un
buen razonamiento, lo esperé. Pero el único que llego fue él, mi secuestrador.
Escuché el cerrojo de la puerta y sacudí los recuerdos. Cerré el libro
que tenía en el regazo, mientras acariciaba sus páginas y volví a hacerme un
ovillo. No sabía que me esperaba esta vez. Y hubiera sido mejor si no me
hubiese enterado, caminó hacia mí, se agachó para quedar a mi nivel y alzó mi
rostro con su mano. Lo miré con ojos muy abiertos por el temor, No traía camiseta, comenzó a acariciar mi
rostro, mi cabello, y me puso de pie lentamente, ya sabía lo que tendría que
hacer, dócilmente me tocaría arreglar su mal día, darle cariño y tener sexo con
él. Así era cuando tenía un mal día. Las primeras veces gritaba de
desesperación y dolor e imaginaba que mis padres venían por mí. Irónico, que
llegara a pensar que me rescataría, la persona que siempre estuvo ausente para
mí. Luego aprendí, que era mejor cuando
me portaba bien, en el fondo no era tan malo. A él también le faltó amor y la
protección de un padre. Su suerte fue peor que la mía, tampoco tuvo el consuelo
de una madre que limpiara sus lágrimas e intentara alegrar sus días.
Estaba a su lado, observándolo mientras dormía, de tez blanca y
complexión media. Se ejercitaba continuamente,
así que se mantenía en forma; tiene hombros anchos. Irónicamente te hace sentir
protegida cuando estás en sus brazos, cabello castaño y ojos café y a pesar de
que fue horrible lo que me estaba haciendo él no era horrible en sí. Me trataba
con dulzura y me decía que lo llamara Rafael. Aunque no estoy segura de que
fuese su verdadero nombre. Él me llamaba
Alma, suele decir que le gusta el nombre, porque yo soy su alma, lo que lo
calma y lo complementa.
Cierto día me confesó, que hubieron otras antes que yo, pero no pudo
controlarse y les hizo daño. A veces me da miedo terminar como ellas, pero por
eso, él me llama Alma, porque ya soy parte de él. Él jura que no me lastimaría.
A veces le creo cuando dice que me quiere, pero de todas formas le tengo miedo,
y aún así es horrible lo que me hace.Creo que yo soy la del problema, algo anda
mal conmigo, por eso mi padre no me quería.
Hoy es un buen día. Rafael me ha dejado salir de la habitación donde
estaba siempre encerrada. Me ha dejado ver un poco de televisión con él y juró,
que si me portaba bien, ya no me encerraría más, pero que no debía salir de la
cabaña. Él quiere que esté feliz, porque yo lo he hecho feliz. Incluso mencionó, que si me comporto y sigo
mostrándole mi cariño, algún día daremos un paseo. No me imagino cómo será
salir de nuevo, estar entre la gente.
Rafael salió, estoy sola en la cabaña. No me gusta estar sola y no me
gusta cuando sale, puede llegar de mal humor. Haré algo de comer con algunas cosas
que encontré en la nevera. Así, estará
feliz porque le soy útil y quizás demos ese paseo que me prometió.
Rafael me ha llevado a pasear en algunas ocasiones, he visto gente otra
vez, se siente tan extraño. Ya no sé a quién temer, Rafael y la cabaña se convirtieron
en lo único seguro. Si nos topamos con
algún curioso en la calle o nos hacen preguntas en algún lugar, tengo que decir
que Rafael es mi hermano, y que mi nombre es Alma Rivera.
Cap. 2 Saliendo de Puerto Rico
Ahora estoy más consciente del tiempo y ya no estamos en la cabaña. Estamos
en República Dominicana, hacen dos años soy Alma Rivera, hermana de Rafael
Rivera. Aún no sé cuánto tiempo estuve
encerrada en el cuarto de la cabaña. No tengo idea de cuantos años tendré, Rafael
me hace decir que tengo veinte años, si dice la verdad, van cinco años que me
llevó con él, los mismos años que Rebecca está muerta. Deje de pensar en el
tiempo y salí a la tienda de la esquina.
¡Gracias! Le dije con la amabilidad que siempre me ha
caracterizado, o eso siempre dice
Rafael, a Don Alfau, el dueño de la tienda que estaba justo a la esquina de
nuestra casa. A Rafael no le gustaba que yo saliera, pero en algunas ocasiones,
en las que se marchaba a trabajar, yo aprovechaba para dar una vuelta o comprar
en la tienda de Don Alfau. Salía de la tienda distraída, cuando tropecé. Sentí
manos que me sujetaban, asustada y sintiéndome como idiota, me sacudí inmediatamente y miré
aterrorizada. Frente a mí, tenía a un
hombre de unos 25 años aproximadamente; Alto, piel bronceada y un rostro fuerte,
que a pesar de verse muy serio y preocupado, intentaba mostrar una media
sonrisa. Comencé a andar asustada y
sentí que caminaba tras de mí. ¡Solo quiero
ayudar!, lo escuché decir. Me detuve, porque pensé que sería extraño y grosero de mi parte, que no le agradeciera aquel
gesto, pensé que quizás, podría tener problemas si Rafael se enteraba. ¡Gracias!,
balbucee mientras intenté forzar una sonrisa, que definitivamente no llegó a
mis ojos. Un placer, contestó, y su sonrisa hizo resplandecer unos ojos oscuros como la
noche, que me dejaron perdida. Manuel, dijo mientras extendía la mano.
Sacudí la cabeza sacándome de mi estado y obligándome a reaccionar. Alma, contesté algo aturdida y estreché
su mano. Volví a darme la vuelta para
caminar a casa, Manuel seguía parado donde lo dejé. Estaba asustada y preocupada
de que pudiera lastimarme o que Rafael llegará y pudiera lastimarnos a los dos.
Abrí la puerta de la casa nerviosa y escuché la voz de Manuel, casi a gritos,
preguntar si me podría volver a ver. !No!,
le dije y entré. Estaba demasiado nerviosa y no necesitaba un problema en mi ya
complicada vida, o lo que quedaba de ella. Estuve nerviosa todo el día, pero
cuando llegó Rafael, parecía que no hubiese pasado nada. Su actitud era la
misma desde que nos mudamos a República
Dominicana, relajada, a menos que alguien se metiera con él, era algo que
pasaba muy pocas veces allí, aunque cuando pasaba, era yo quien tenía que responder
y cumplir con mi papel de salvadora.
Cap.3 Un Corazón Dividido
Había pasado un año desde que conocí a Manuel, después de tropezar a la
salida de la tienda de Don Alfau. Desde
ese día, Manuel me había esperado todos los días en la tienda hasta verme
llegar. Huí de él muchas veces, pero era un chico bastante insistente, que no
se daba por vencido hasta hablar conmigo. Recuerdo que tuve mucho miedo, hasta
que hablé con Don Alfau y le pregunté si le conocía; me dijo que era un
muchacho muy bueno, y tranquilizó todos mis miedos. Por Don Alfau supe, que
Manuel había estado como hice yo, preguntando a Don Alfau por mí, queriendo
saber sobre mi vida. Al principio, tuve miedo de que sospechara algo, pero Don
Alfau insistía, en que solo estaba atraído por mi belleza. Recuerdo que reí
cantidades cuando dijo belleza, yo no
encontraba ninguna en mi; delgada, alta, trigueña de ojos verdes y pelo
liso negro azabache, de rasgos finos pero sin mayor gracia. Cedí a hablar con
Manuel, porque tuve miedo que se atreviera a acercarse a la casa; Ya, que todos
creen que Rafael es mi hermano mayor, me atemorizó que pudiera tomar el valor y
preguntar por mí. Después de dos semanas de esperarme en la tienda y de la insistencia de Don Alfau, decidí
hablar con él y preguntarle lo que quería. Desde ese día, me veía con él en la
tienda de Don Alfau todos los días, excepto cuando Rafael estaba libre o no iba
a trabajar. Después de unos meses de sentirme tan agusto y relajada con Manuel,
y por miedo que creyéndolo mi hermano le fuera a hablar de mi o a presentarse
en casa, le conté la verdad de mi nombre
y mi historia. No fue la mejor idea. Él palideció, se quedó unos minutos callado, luego me miró con una
seriedad que no le había visto. Recuerdo que me dijo “¿no serías capaz de jugar con una cosa así, verdad?” negué con la
cabeza y bajé la vista al suelo. No podía soportar su mirada, se llenó de dolor
y de rabia, insistió en llevarme lejos, pero me negué, insistió en denunciarlo
y tampoco le dejé. Tenía miedo… miedo de tantas cosas; Que Rafael nos
descubriera y nos hiciera daño, de
quedarme sola, de que la policía no me creyera y de mis sentimientos que
estaban encontrados y divididos entre Rafael y Manuel. Sé que lo que sentía era
extraño e incluso enfermizo y jamás se lo había confesado a Manuel, pero yo a
Rafael le quería, de una manera extraña, confusa y dolorosa, pero le quería. Quería
protegerlo y que no le sucediera nada malo.
Cap.4 El Torbellino
Era el 25 de noviembre de 2011 en la madrugada. La habitación estaba en
tinieblas y Rafael y yo nos habíamos
entregado al dulce vencimiento del sueño profundo. Yo dormía en su pecho y de
pronto todo fue confusión. La puerta se abrió de una patada, la negrura hacía
imposible distinguir algo. Al silencio, le interrumpió un estrépito de voces
que daban el alto, el corazón me quería salir del pecho. Venían por Rafael; nos
habían descubierto. De pronto alumbraron con una luz que me cegó, sentí como me
arrancaban de su pecho. Una mujer me abrazaba y me decía hija, mientras yo solo
podía ver como tenían a Rafael en el suelo mientras lo esposaban. Uno de los
miembros de la policía nacional de la República Dominicana, tenía su pie en la
espalda de Rafael. Todo era muy confuso. Las lágrimas comenzaron a salir de mis
ojos y la mujer, que ya yo no reconocía como mi madre. Seguía limpiándome las lágrimas,
abrazándome y tontamente llamándome hija. Alma Rivera estaba muriendo y exigían
la resurrección de Rebecca Román. Intenté apartarme de la mujer que me dió la
vida y que no estaba muy segura, pero en ese momento sentía que me la estaba quitando,
y en eso lo vi, Manuel miraba cómo se llevaban a Rafael, como si fuera un
perro. Él lo había denunciado, después de tanto tiempo, que le confié mi vida,
me había hecho daño. Rebecca era menos
que un fantasma que solía pasar algún tiempo con Manuel y ahora Alma estaba
muriendo también, y a pesar de que lo amaba, no creí que pudiera llegar a
perdonar a Manuel nunca.
Cap. 5 Un Nuevo Comienzo
25 de noviembre de 2012, había pasado un año desde que mi vida volvió a
cambiar. Mi madre me había llevado de vuelta a Puerto Rico, pocos días después de
que arrestaran a Rafael, sobre todo cuando se dio cuenta de mis sentimientos y
mi preferencia hacia él. Rafael era mi mundo, y mi madre a pesar de que la
quería y que me crió por 14 años, era solo una extraña para mí; fue duro. Entre
psicólogos, psiquiatras y depresiones, me fui acercando a mi madre. Al mes de
haber regresado, Manuel había viajado a Puerto Rico para arreglar las cosas conmigo.
Intentó decirme de por qué lo hizo, a través del contacto con mi madre. Por tres
meses, intentó verme sin éxito. Siempre encontraba rechazo de mi parte donde
quiera que apareciera, pero era un hombre insistente y después de unos meses de
terapia, comencé a comprender muchas cosas y aclarar algunos sentimientos, acepté
de nuevo a Manuel en mi vida y ahora si estoy segura de mi amor por él. Mi
madre está feliz, nos ayuda en la planificación de nuestra futura boda. Manuel es un hombre maravilloso, el cual me ha
dado la estabilidad que no tenía hace
mucho tiempo. Pero Todavía queda un recuerdo importante de mi vida con Rafael; mi
pequeña Alma, nuestra hija. Al poco tiempo de llegar a Puerto Rico, mi madre me
hizo revisar y descubrimos que estaba embarazada. Manuel le dió su apellido y
la quiere como a su propia hija. Eso fue lo que hizo que terminara de ganar mi
corazón; corazón que vivirá siempre dividido, por aquel retorcido amor.
Por: Solange Alicea Ayala


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