Alondra Fernández…del todo al olvido
Desperté en una
habitación que no era la mía; asustada mire alrededor y todo parecía extraño y
familiar a la vez. Había muchas fotos de personas que no conozco, pero entre
ellas reconocí una foto de mis padres, me abrazaban en mi fiesta de cumpleaños
número 5, sonreí ante la imagen. En ese instante y sin darme tiempo de
levantarme de la cama, entro una mujer, una enfermera podría decir por el
uniforme que traía puesto. Volví a mirar a mí alrededor y esto no parecía el
cuarto de un hospital. La joven enfermera me llamo por mi nombre y me pidió que
me mantuviera calmada, mientras me entrego unas pastillas. La mire como si
estuviera loca y ella me devolvió la mirada, que parecía contener el mismo
pensamiento. Pero yo no estaba loca, no podía estarlo. Apenas ayer todo había
estado normal y hoy había despertado en la dimensión desconocida, con la
versión rubia de Mary Poppins como enfermera.
Me hizo tomarme los
medicamentos, paso su mano por mi cabeza y me miro con lastima, causándome un
fuerte escalofrío. Tenía que estar soñando todo esto. Le pregunte para que eran
los medicamentos, mi voz sonó extraña y ella no contesto a mi pregunta, mantuvo
la voz como si hablará con una niña de 5 años y repitió la frase del principio
y al parecer la única que sabía, mantente tranquila, todo está bien. Si esto era una especie de sueño, no era
agradable. Hice ademán de levantarme y puso su mano en mi pecho y volví a la
posición inicial, inclinada en esa cama que no parecía ser la mía, pero que se
sentía como si llevará años allí y eso comenzó a desesperarme. Le pregunte por
mis padres. Me miro como imagino se le mira a los locos cuando se les compadece
y en ese mismo instante Mary Poppins versión enfermera ya no me agradaba más.
Me quede observándola en espera de su respuesta, sus ojos acaramelados miraron
el suelo de la habitación y su delgada mano comenzó a jugar con un mechón de
cabello que se escapaba de su cola de caballo. La desgraciada me estaba
ocultando algo. Intente pellizcarme pero entonces note que mis manos estaban
muy arrugadas, parecían las manos de mi abuela. Levanto el brazo y en lugar de
mi piel firme, me encuentro un brazo frágil, descolorido y arrugado, me
pellizco y no despierto de la pesadilla y ahí fue cuando enloquecí de verdad.
Mire alrededor en busca de un espejo, pero no había nada que pudiera mostrarme
mi reflejo. Tengo apenas 15 años, no puedo estar bajo la piel de mi abuela. A
pesar que la adoro, ella no se ve tan bien como yo. Y dentro de mi
desesperación agarro fuerte los brazos de la enfermera y exijo respuestas
mientras la zarandeo. Ella intenta tranquilizarme y yo escupo peticiones sin pensar,
un espejo, quería un espejo, la presencia de mis padres, que la maldita
enfermera hablará de una vez o al menos despertar y ser yo nuevamente.
Comienzo a sentir
escozor en mis ojos y me doy cuenta que estoy llorando, que la enfermera no
sale de su estúpida frase, que intenta zafar sus manos de mi agarre o el de mi
abuela, porque eso parezco, pero lo hace con suavidad. No como si luchará por
liberarse de mí, una chica de 15 años, si no de la abuela. Dice que me lo explicará pero necesita buscar
algo primero y para eso necesita que me tranquilice. La suelto porque quiero
esa explicación y la quiero ya. La miro a los ojos esta vez me está observando
con curiosidad, supongo que se preguntará si ya no me entrarán más ataques de
locura. Me echo para atrás en la cama en son de paz y ella vuelve a mirarme con
lastima, se da la vuelta y se aleja.
Lástima, de mi, Jamás
pensé que alguien pudiera si quiera pensar en sentirla. Yo, Alondra Fernández,
la que lo tiene todo, una buena familia que me ama (aunque no sé donde estén en
este preciso momento, que tanta falta me hacen), dinero, un hermoso cabello
rojo largo. La envidia de toda la escuela, porque Carlos Beltrán, ama todas (y
no son pocas) y cada una de las pecas en mi cara e incluso las de mis hombros también
y mi tez blanca que las hacen más notorias. y él, el es el chico más caliente,
sexy, inteligente y jodidamente guapo de toda la escuela.
Yo, que soy la
capitana del equipo de porristas y la más envidiada por su buen cuerpo a pesar
de no ser demasiado alta y que además goza de una gran autoestima, yo debería
sentir lástima por ella porque sus ojos no muestran alegría.
La enfermera regreso
pronto, traía un cuaderno en su mano. Se sentó a mi lado con suavidad, esa
chica parecía una pluma, puso el cuaderno en mi regazo y ahora sí, quede sin
entender nada. La mire confusa y ella abrió lo abrió para mi, leí la primera
pagina, era mi letra y decía, “No entres en pánico, Recuerda que eres Alondra
Fernández y este es tu, nuestro, mi diario para que no nos perdamos, para que
no te olvides.”
La enfermera pasó la
página, distintas fotos mías mostraban mi niñez, mi adolescencia y comencé a
incomodarme cuando fui viendo más de mí. Aspectos que no podía recordar, años
que no podía recordar, bajo el titular que citaba “Viviendo con Alzheimer” pase
inmediatamente la página y había información de la enfermedad. Yo sabía lo que
el Alzheimer significaba, pero yo no podía padecerlo. Tire el cuaderno y me
aleje.
Una hora me tomo
volver a él resignada, luego de ver mi aspecto en un espejo por casi el mismo
tiempo en que deje el cuaderno. Para el final del cuaderno podría haber
inundado la casa con mis lágrimas, una carrera olvidada, años, cambios,
parejas, pero el dolor más profundo hijos, nietos, sangre, esposo, familia. ¿Cómo
se olvidan tus propias entrañas?
De pronto entra un
hombre a la habitación, mi habitación, según el cuaderno que yo misma me
escribí, apreté el cuaderno, ese hombre era mi esposo y yo necesitaba de una foto y una descripción
para recordarlo. Tenía un esposo parado en la puerta de mi cuarto donde yo,
solo quería ver a mis padres, porque para mí aún tenía 15 años.
El dolor fue más
fuerte y sin darme cuenta el hombre, mi esposo, me estaba abrazando. Era incomodo
y reconfortante a la vez y aún así me aleje y el entendió. Me pidió permiso
para sentarse y asentí. Tuvimos una larga conversación sobre mi vida, su vida, me
explico el porqué del cuaderno, dijo que yo hasta en la enfermedad era terca y
me sonrió. Me hablo hasta que cesaron mis lágrimas y me saco una sonrisa y aún
después de eso hablamos más. Mis padres habían muerto, tenía 65 años, dos
hijos, hombre y mujer ya profesionales y 5 nietos. Nuestra hija y sus hijos
vivían con nosotros, tanto por un matrimonio fallido y otro tanto por mi
enfermedad.
Le pregunte porque seguir
al lado de una mujer que enloquece por momentos cada vez más frecuentes y que
no tiene un amor tan fuerte como para recordarlo en la enfermedad y en la
locura. Quería saber porque no salía huyendo, si al final yo no sufriría, pues
no se sufre por lo que no se recuerda. Se me quedo viendo a los ojos y pensé que
lo estaba considerando, tenía unos ojos grises y hermosos pero se veían
cansados, una piel blanca tan arrugada como la mía y lo que le quedaba de
cabello estaba tan blanco que no podría adivinar su color original si no fuera
por las fotografías. Después de lo que parecía una eternidad me tomo de las
manos y me levanto de la cama, lo mire
aturdida pero el solo puso sus manos en mis hombros y entonces dijo mientras me
dirigía, porque aún en los momentos más negros de la locura que es esta
enfermedad que trae olvido, tú me haces feliz. Ahora ven a conocer a tus
nietos.
Fin (Por: Solange Alicea)


Increíble guapa, te superas en cada nueva historia. Me ha encantado!