Diario de Alondra Fernández… del todo al olvido

lunes, 4 de marzo de 2013

  Alondra Fernández…del todo al olvido




Desperté en una habitación que no era la mía; asustada mire alrededor y todo parecía extraño y familiar a la vez. Había muchas fotos de personas que no conozco, pero entre ellas reconocí una foto de mis padres, me abrazaban en mi fiesta de cumpleaños número 5, sonreí ante la imagen. En ese instante y sin darme tiempo de levantarme de la cama, entro una mujer, una enfermera podría decir por el uniforme que traía puesto. Volví a mirar a mí alrededor y esto no parecía el cuarto de un hospital. La joven enfermera me llamo por mi nombre y me pidió que me mantuviera calmada, mientras me entrego unas pastillas. La mire como si estuviera loca y ella me devolvió la mirada, que parecía contener el mismo pensamiento. Pero yo no estaba loca, no podía estarlo. Apenas ayer todo había estado normal y hoy había despertado en la dimensión desconocida, con la versión rubia de Mary Poppins como enfermera.
Me hizo tomarme los medicamentos, paso su mano por mi cabeza y me miro con lastima, causándome un fuerte escalofrío. Tenía que estar soñando todo esto. Le pregunte para que eran los medicamentos, mi voz sonó extraña y ella no contesto a mi pregunta, mantuvo la voz como si hablará con una niña de 5 años y repitió la frase del principio y al parecer la única que sabía, mantente tranquila, todo está bien.  Si esto era una especie de sueño, no era agradable. Hice ademán de levantarme y puso su mano en mi pecho y volví a la posición inicial, inclinada en esa cama que no parecía ser la mía, pero que se sentía como si llevará años allí y eso comenzó a desesperarme. Le pregunte por mis padres. Me miro como imagino se le mira a los locos cuando se les compadece y en ese mismo instante Mary Poppins versión enfermera ya no me agradaba más. Me quede observándola en espera de su respuesta, sus ojos acaramelados miraron el suelo de la habitación y su delgada mano comenzó a jugar con un mechón de cabello que se escapaba de su cola de caballo. La desgraciada me estaba ocultando algo. Intente pellizcarme pero entonces note que mis manos estaban muy arrugadas, parecían las manos de mi abuela. Levanto el brazo y en lugar de mi piel firme, me encuentro un brazo frágil, descolorido y arrugado, me pellizco y no despierto de la pesadilla y ahí fue cuando enloquecí de verdad. Mire alrededor en busca de un espejo, pero no había nada que pudiera mostrarme mi reflejo. Tengo apenas 15 años, no puedo estar bajo la piel de mi abuela. A pesar que la adoro, ella no se ve tan bien como yo. Y dentro de mi desesperación agarro fuerte los brazos de la enfermera y exijo respuestas mientras la zarandeo. Ella intenta tranquilizarme y yo escupo peticiones sin pensar, un espejo, quería un espejo, la presencia de mis padres, que la maldita enfermera hablará de una vez o al menos despertar y ser yo nuevamente.
Comienzo a sentir escozor en mis ojos y me doy cuenta que estoy llorando, que la enfermera no sale de su estúpida frase, que intenta zafar sus manos de mi agarre o el de mi abuela, porque eso parezco, pero lo hace con suavidad. No como si luchará por liberarse de mí, una chica de 15 años, si no de la abuela.  Dice que me lo explicará pero necesita buscar algo primero y para eso necesita que me tranquilice. La suelto porque quiero esa explicación y la quiero ya. La miro a los ojos esta vez me está observando con curiosidad, supongo que se preguntará si ya no me entrarán más ataques de locura. Me echo para atrás en la cama en son de paz y ella vuelve a mirarme con lastima, se da la vuelta y se aleja.
Lástima, de mi, Jamás pensé que alguien pudiera si quiera pensar en sentirla. Yo, Alondra Fernández, la que lo tiene todo, una buena familia que me ama (aunque no sé donde estén en este preciso momento, que tanta falta me hacen), dinero, un hermoso cabello rojo largo. La envidia de toda la escuela, porque Carlos Beltrán, ama todas (y no son pocas) y cada una de las pecas en mi cara e incluso las de mis hombros también y mi tez blanca que las hacen más notorias. y él, el es el chico más caliente, sexy, inteligente y jodidamente guapo de toda la escuela. 
Yo, que soy la capitana del equipo de porristas y la más envidiada por su buen cuerpo a pesar de no ser demasiado alta y que además goza de una gran autoestima, yo debería sentir lástima por ella porque sus ojos no muestran alegría.

La enfermera regreso pronto, traía un cuaderno en su mano. Se sentó a mi lado con suavidad, esa chica parecía una pluma, puso el cuaderno en mi regazo y ahora sí, quede sin entender nada. La mire confusa y ella abrió lo abrió para mi, leí la primera pagina, era mi letra y decía, “No entres en pánico, Recuerda que eres Alondra Fernández y este es tu, nuestro, mi diario para que no nos perdamos, para que no te olvides.”
La enfermera pasó la página, distintas fotos mías mostraban mi niñez, mi adolescencia y comencé a incomodarme cuando fui viendo más de mí. Aspectos que no podía recordar, años que no podía recordar, bajo el titular que citaba “Viviendo con Alzheimer” pase inmediatamente la página y había información de la enfermedad. Yo sabía lo que el Alzheimer significaba, pero yo no podía padecerlo. Tire el cuaderno y me aleje.
Una hora me tomo volver a él resignada, luego de ver mi aspecto en un espejo por casi el mismo tiempo en que deje el cuaderno. Para el final del cuaderno podría haber inundado la casa con mis lágrimas, una carrera olvidada, años, cambios, parejas, pero el dolor más profundo hijos, nietos, sangre, esposo, familia. ¿Cómo se olvidan tus propias entrañas?
De pronto entra un hombre a la habitación, mi habitación, según el cuaderno que yo misma me escribí, apreté el cuaderno, ese hombre era mi esposo  y yo necesitaba de una foto y una descripción para recordarlo. Tenía un esposo parado en la puerta de mi cuarto donde yo, solo quería ver a mis padres, porque para mí aún tenía 15 años.
El dolor fue más fuerte y sin darme cuenta el hombre, mi esposo, me estaba abrazando. Era incomodo y reconfortante a la vez y aún así me aleje y el entendió. Me pidió permiso para sentarse y asentí. Tuvimos una larga conversación sobre mi vida, su vida, me explico el porqué del cuaderno, dijo que yo hasta en la enfermedad era terca y me sonrió. Me hablo hasta que cesaron mis lágrimas y me saco una sonrisa y aún después de eso hablamos más. Mis padres habían muerto, tenía 65 años, dos hijos, hombre y mujer ya profesionales y 5 nietos. Nuestra hija y sus hijos vivían con nosotros, tanto por un matrimonio fallido y otro tanto por mi enfermedad.
Le pregunte porque seguir al lado de una mujer que enloquece por momentos cada vez más frecuentes y que no tiene un amor tan fuerte como para recordarlo en la enfermedad y en la locura. Quería saber porque no salía huyendo, si al final yo no sufriría, pues no se sufre por lo que no se recuerda. Se me quedo viendo a los ojos y pensé que lo estaba considerando, tenía unos ojos grises y hermosos pero se veían cansados, una piel blanca tan arrugada como la mía y lo que le quedaba de cabello estaba tan blanco que no podría adivinar su color original si no fuera por las fotografías. Después de lo que parecía una eternidad me tomo de las manos  y me levanto de la cama, lo mire aturdida pero el solo puso sus manos en mis hombros y entonces dijo mientras me dirigía, porque aún en los momentos más negros de la locura que es esta enfermedad que trae olvido, tú me haces feliz. Ahora ven a conocer a tus nietos.

Fin (Por: Solange Alicea)

2 comentarios:

  1. Eva dijo...:

    Increíble guapa, te superas en cada nueva historia. Me ha encantado!

  1. Muchas Gracias por sus comentarios chicas :) (no los había leído porque no me llegaron al email) sus comentarios me motivan a seguir escribiendo (a pesar que se me hace tan difícil terminar los relatos)